Cama, caricia y cosquillas.

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Me pasaría media vida averiguando si el fuego nace de tus pupilas o si la llama se extiende desde tus pestañas. No he necesitado más de dos minutos para decidir que es tu boca, la que tras varios intentos de parecer decente, me pone caliente y desafía a la primavera y su costumbre de alterar la sangre.

Qué osado creer que es en base a mis encantos, aunque a ciertas alturas deja de importar el motivo y me centro en llevar a cabo mis objetivos. De momento me conformo con tus miradas. Con esa lengua viperina, un poco de veneno y volver al ciclo. Comenzar el bucle, desprenderme del miedo y ser el agua que te apague o te propague.

Siempre dependemos de las medidas. Mídeme a medias, así siempre tendrás la mitad de mí que desnudar, que conocer.

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Puede que ella nos persiga, pero somos nosotros los que nos protegemos.

Me supe ignorante por haber mirado a la Luna creyendo que la conocía entera, porque incluso cuando se esconde la admiramos. Aún no he encontrado un sólo motivo para adorar a un ser humano que oculte la mitad de su rostro aun cuando luce pletórico, que esté práctica y eternamente lejos y ni mucho menos me haga sentir minúscula con respecto a mi alrededor.

Pero aquí estamos, admirando lo único que podemos ver más allá de nuestras narices. Creyendo que son las únicas premisas que nos alejan, y sin embargo, las contrarias de las que nos acercan a quienes deseamos. No quiero sentirme diminuta ni enorme, quiero sentirme humana. Que nos falta todo por conocer, y no por ello somos insignificantes.

Pero qué voy a saber yo, si no puedo dejar de mirarla.

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Como si fuera poco rozar tu sonrisa con el aire que saliera de mi boca, un signo de lo más lejos que pudiera estar de ti. Sería respirar de tu respirar, la metáfora más clara, la más suspicaz.

La contraindicación es suspirar y desatar tempestades allá donde vayas, calmar las tormentas que pudieras llorar. Conocer como la palma de mi mano tus pulmones, el intervalo de tu inspirar y expirar.

Y entre todas esas memorizaciones, olvidar para siempre las comparaciones y desechar las opciones más inviables que pudiéramos pensar. Lástima que nuestro aire no sea infinito, y ojalá sea lo único en lo que nos podamos escudar.

Qué envidia de los árboles, qué dolor no echar raíces donde se juntaran nuestras ramas y dieran sombra a quien nos quisiera observar.